Cuando entrenamos no debemos competir

Mujer corriendo

El día a día en el que estamos inmersos hace que vayamos acelerados desde que nos levantamos hasta que nos vamos a dormir. Intentamos aprovechar al máximo cada segundo, cada minuto, cada hora del día y en ocasiones eso evoca a que cometamos errores. De este modo de vida, y sus consecuencias, no se escapan nuestros entrenamientos, en los que muchas veces acabamos haciendo mucho más de lo que deberíamos, de lo que nos aconsejan y de lo que creemos que debemos hacer.

Al disponer de un tiempo limitado para entrenar acabamos descuidando aspectos tan importantes como son el entrenamiento de flexibilidad, fuerza o técnica de carrera. Y este descuido nos reporta una serie de consecuencias negativas como son la fatiga crónica, lesiones por sobrecarga, disminución del rendimiento laboral, estancamiento en las marcas, aumento de peso, etc. Uno de los casos más típicos es el del atleta que presenta una repentina y brusca pérdida de rendimiento en competición, las famosas “pájaras”.

Para explicarlo de forma sencilla voy a poner el ejemplo de un maratoniano de primer nivel, de los que tienen en la distancia de 42k una marca de 2h10’ o inferior. El ritmo de competición que tiene un atleta de ese nivel es de aproximadamente 3’/km. Y normalmente entrenan alrededor de 220-250k a la semana. Pues bien, de ese kilometraje, apenas un 15-20% lo hacen al ritmo de competición, el resto ruedan entre 3’30’’-4’/k.

Y ¿qué es lo que suele ocurrir en los atletas populares? pues que de forma frecuente su volumen de kilómetros semanal para preparar un maratón es de 50-90k y suelen hacer cerca del 90-95% al ritmo de competición que por ejemplo es de 5’/k o incluso más rápido muchos de los entrenes.

En dependencia de la intensidad del ejercicio, el organismo utiliza unas vías metabólicas u otras para la provisión de la energía necesaria. A alta intensidad los hidratos de carbono (HC) de forma anaeróbica, a media intensidad son los HC de forma aeróbica, y a baja intensidad son las grasas. Cada una de ellas nos da energía de forma distinta. Los HC por vía anaeróbica ofrecen una gran cantidad de energía, pero de forma muy limitada en el tiempo (pocos minutos). Los HC de forma aeróbica nos dan energía a niveles moderados con una disponibilidad de varias decenas de minutos. Y las grasas nos ofrecen poca disponibilidad de energía (lo que viene a llamarse diesel), pero por un largo periodo de tiempo (horas). Como cada vía metabólica se activa a intensidades distintas, será necesario trabajar a la intensidad correspondiente para poder entrenarla.

Está demostrado que si el organismo se queda sin reservas de hidratos de carbono (HC) durante el ejercicio, la disponibilidad de energía se queda en la mitad, lo que significa que la velocidad de desplazamiento pasa a ser la mitad. En competiciones de fondo será necesaria una utilización porcentual de grasas como fuente de energía, mayor cuanto más tiempo dure el esfuerzo.

Las pruebas de fondo requieren de una contribución mixta del sistema aeróbico a través de los HC y de las grasas. Por ello deberemos trabajar las intensidades correspondientes a la provisión de energía a través de las grasas como forma de asegurarnos mejorar nuestro “fondo”. Además, el entrenamiento a intensidades algo más bajas con consumo de energía a través de las grasas va a permitir la movilización y combustión de los depósitos grasos, con la consiguiente pérdida de peso graso y disminución de los niveles sanguíneos de colesterol.

 

2 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.